Corazones anónimos

Fecha de creación 01.11.2014 15:42 (actualizado semanalmente)

CORAZONES ANÓNIMOS

 

CAP. 1 - Entre la duda y el corazón

 

Aquella tarde se sentía triste, las horas se le habían pasado volando y el sol estaba a punto de esconderse detrás del mar para dar paso a la Luna ensoñadora. Y todo para nada. No había podido verle, no había acudido a su cita. Natalia suspiraba entre el sonido de las olas, el lamento de las gaviotas y el arrullar del viento. Su flequillo, revuelto, ocultaba sus lágrimas. Se levantó de la arena en cuanto el sol terminó de asomar sus últimos rayos y empezaba a refrescar. Se envolvió mejor en su rebeca y comenzó a andar cabizbaja hacia el paseo marítimo en el que las parejas, los niños y grupos de muchachos y muchachas caminaban entretenidos en sus propias cosas. Nadie se fijaba en la desconsolada Natalia.

Un impulso le hizo mirar a su derecha y sus ojos se llenaron de alegría. Ahí estaba su amado, Pablo, a lo lejos caminando muy aprisa y mirando el reloj. Se sentó en un banco y esperó a verle pasar. Era tan guapo... tenía ese pelo rubio, rizado en las puntas y aquellos ojos verdes tal y como los de la foto. Justo delante de ella, se paró y miro hacia la playa cuya orilla apenas se distinguía a lo lejos, en la oscuridad de la noche. Detrás, Natalia permanecía quieta, sin apenas respirar, temiendo que llegaran hasta sus oídos los latidos de su desbocado corazón.

Al cabo de un rato, Pablo se volvió y en sus ojos vio toda la tristeza del mundo acumulada en aquellas cuencas que parecían ahora tan vacías. Durante un segundo la contempló y enseguida comenzó a desandar lo andado, mirando hacia todas direcciones por si aún podía verla. Nada, no estaba.

Natalia lo vio alejarse, aún envuelta en su rebeca, casi en la misma postura. Había sido incapaz de hablarle.

 

Al día siguiente, Pablo intentó contactar con ella sin conseguirlo. Miraba la foto de la chica de la que se había enamorado y no podía evitar que alguna lagrimilla se le escapase -era una foto en la que se la veía de espaldas sentada en un columpio. Tan sólo se vislumbraba algo de su perfil. Ahora que lo pensaba, no entendía por qué a esas alturas todavía no le había pedido una foto de frente. Últimamente sentía una gran dependencia de ella y ni siquiera conocía su rostro-. Comprendía que pudiera estar enfadada. Una serie de acontecimientos en su vida le habían impedido acudir a la cita a la hora prevista y se sentía sumamente culpable. Su icono en gris sobre la pantalla anunciaba que no estaba conectada. Le había dejado varios mensajes a cual más desesperado y no sabía si los habría leído y ya nunca más sabría de ella o si por el contrario podía ser que aún no se hubiera conectado.

-Natalia, ¿dónde estás? -Preguntó a la inerte pantalla. A su lado alguien de la biblioteca le oyó y le siseó para que se callara. Agobiado, se levantó y se fue a casa. Quizá cuando llegara, Natalia estaría conectada esperándole para oír sus explicaciones.

 

-¿Hoy no vas a usar el ordenador? -Le preguntó su madre.

-No, hoy no tengo ganas -respondió Natalia mirando a la nada.

-¡Qué raro! ¡Pero si te pasas ahí pegada todo el día! Algo te pasa...

-No, no, qué va, no es nada. Es sólo que hoy no me apetece.

-Bueno, allá tú. ¿No tienes deberes?

-Sí, iba a ponerme ahora -se levantó de la mesa café en mano y se dirigió a su cuarto. Se sentó frente a la mesa llena de papeles y libros y fue incapaz de coger uno solo. ¿Por qué habría llegado tan tarde?, se preguntó. La pregunta no es esa, respondió inmediatamente otra parte de su cerebro, y lo sabes muy bien. La pregunta es ¿por qué no le llamaste? Se miró en el espejo y encontró la respuesta. Se echó a llorar hasta el cansancio.

 

Pablo seguía preocupado, llevaba semanas sin saber de Natalia. Parecía habérsela comido la tierra y sentía que aquello le estaba pasando factura en sus estudios. Apenas probaba bocado, pensando en toda una marabunta de posibilidades que explicasen, todas de forma horrible, qué podría haberle sucedido a su amiga internauta.

-¿Qué te pasa? -Le preguntó su amigo Rafa.

-Nada, no es nada.

-¿Sigues pensando en esa chica?

-Sí -reconoció. Se conocían desde que tenían cuatro años y no podía ocultarle nada. Con solo mirarse sabían lo que estaban pensando-. No puedo evitarlo.

-Bueno, tampoco creo que sea para tanto.

-¿Y si ha tenido un accidente? ¿Y si ha muerto? ¿Y si está ingresada en un hospital sin saber quién es? ¿Y si...?

-¡Déjate de tantos "y si..."! No está bien que te tortures así, ¡acabarás enfermo! Mira a tu alrededor, ¡estamos rodeados de chicas! -Y era cierto, en ese momento pasaba un grupo grande de chicas que se les quedaron mirando coquetas, riendo y hablando entre ellas-. ¡Eh! ¡¿Alguna de vosotras quiere algo con mi amigo?! -Les gritó agitando los brazos en alto.

-Pero, ¿qué haces? ¡Estate quieto! -Se fue hacia él y le obligó a bajarlos-. ¿Estás loco?

-¿Loco yo? No, perdona, el único loco eres tú, que teniendo a todas esas preciosidades pasando por aquí y hablándote en la biblioteca, comentando al pasar lo guapo que eres y si tendrás novia (cosa que tú ni te habrás dado cuenta porque sólo-tienes-ojitos-para-tu-chica-invisible) -dijo con sorna-, mientras tú te dedicas a perder el tiempo martirizándote sobre si estará viva o muerta o a saber qué. ¿No se te ha ocurrido pensar que simplemente no se ha atrevido a presentarse a vuestra cita a ciegas? A lo mejor es demasiado tímida -Por la expresión que puso su amigo, Rafa supo que ni se le había pasado por la mente esa posibilidad.

-Tienes razón, es eso, tengo que hablar con ella. ¡Ahora sí que me urge! -Y dejándole con la palabra en la boca, salió corriendo y desapareció de su vista.

-¡Muchas gracias, Rafa! ¡De nada, Pablo!, aquí estamos para servir! -Su voz se fue apagando conforme lo veía alejarse-. Desde luego es increíble -pensaba-, va y me deja aquí plantado.

-Hola, Rafa, ¿qué haces? -El susodicho se giró al oír la voz sensual de una chica y vio a Vanesa.

-Hola -respondió rascándose el cogote-. Nada, mi amigo Pablo que... da igual. ¿Vas a alguna parte? ¿Puedo acompañarte? -añadió  ofreciéndole el brazo derecho. Tenía un dicho que procuraba seguir a rajatabla: Nunca pierdas una oportunidad de estar con una chica.

-Tú siempre tan galante -dijo ella presumida y acto seguido le pasó los libros que llevaba en la mano, que no eran pocos...

    Por el camino pensaba Rafa en lo fácil que era ligar con una chica y en lo complicado que hacía que pareciera su mejor amigo...

 

Después de días y días de tortura psicológica, Natalia encendió el ordenador y tras llevarse cuatro minutos con el dedo a punto de pulsar el botón derecho del ratón sobre el icono de Conectar de su servicio de mensajería instantánea, un tic nervioso hizo que lo pulsara sin querer. Al darse cuenta quiso rectificar, pero ya era demasiado tarde. Él estaba conectado y la vio. Enseguida le abrió una ventana diciéndole:

-¡Hola! Qué alegría de verte, ya pensaba que no volvería a saber de ti. Siento muchísimo lo del otro día ¿Hola? ¿Estás ahí?

-Sí, estoy -escribió Natalia.

-Estás muy enfadada, ¿verdad?

-No, no es eso. Yo... al final no fui a la cita.

-¿No? Yo pensaba que estarías cabreada por mi retraso. Se me complicaron las cosas en casa y no pude salir antes -declaró misterioso-. ¿Entonces no fuiste?

-¿Cómo estás? -terció ella para cambiar de tema. Se sentía incómoda hablando de aquella penosa tarde.

-Bien, ¿y tú?

-Como siempre -y no mentía. Desde que lo había conocido por Internet hacía ocho meses más o menos, no había podido pensar en otra cosa más que en él.

-No sabes cómo me alegra que te hayas conectado por fin. ¿Te puedo preguntar qué te ha pasado?

-No quiero hablar de eso -leyó en la pantalla Pablo tras unos segundos de vacilación. Odiaba tener que conformarse con esa ansia por ver qué iba a escribir a continuación su amiga. Si la tuviera cerca podría intuir en qué estaba pensando.

-Está bien, no te forzaré. Sólo quería decirte que lo siento. Acudí a nuestra cita, sólo que una hora y pico más tarde. La verdad, no tenía muchas esperanzas de encontrarte. Después de tanto tiempo de retraso creí que te habrías cabreado conmigo y te habías ido.

-No tienes que pedirme perdón, como te he dicho yo tampoco fui -las lágrimas le resbalaban por las mejillas y leía la pantalla con evidente dificultad, mientras ahogaba los sollozos para que su familia no la oyese. Odiaba mentirle pero aquella pequeña mentira era mejor que contarle la verdad. Mucho mejor que decirle que había acudido y que habría esperado toda la noche si era preciso hasta asegurarse de que no vendría y que aún así, había sido incapaz de acercársele y hablarle. Era horrible. Jamás reuniría el valor suficiente para hacerlo...

-Sólo quiero saber una cosa, ¿puedo?

-Sí, dime.

-¿Fue por algo que he hecho? ¿Por eso no fuiste?

-No, no tiene nada que ver contigo.

-Entonces, estamos bien ¿no?

-Estamos bien -y agregó una de esas caritas sonrientes. Se secó las lágrimas y se sonó la nariz lo más silenciosamente que pudo para no llamar la atención de sus padres.

 Tras aquellos primeros momentos de tensión, la conversación siguió como si no hubiera pasado nada. Hablando de sus aficiones, de la película de anoche, de su serie favorita, de música... Natalia se sentía de nuevo tan bien, que hizo como si lo de la cita no hubiera pasado nunca. Se sentía feliz y contenta, muy contenta.

 

Al día siguiente, se sentía como si todo lo malo hubiese pasado a la historia.  Natalia se desperezó en la cama sintiendo que recuperaba las fuerzas. Se había quitado un gran peso de encima al volver a contactar con su amigo y sobre todo al ver que éste le perdonaba su extraña ausencia. Era tan amable...

 

Pablo, por su parte, seguía  preocupado por ella, se preguntaba qué sería lo que la había apartado de él durante tanto tiempo. Tenía que reconocer de todas formas, que una vez pasado el mal trago, su comportamiento parecía ser el de siempre.

Cuando llegó al instituto, vio a su amigo Rafa colgado del brazo de una muchacha con rasgos asiáticos que no había visto nunca.

-Hola.

-Hombre, ¿qué tal? ¿Conoces a Mía?

-No, la verdad es que no.

-Este es Pablo -dijo a la chica-. Es mi mejor amigo, aunque no se parece en nada a mí. A veces me pregunto qué es lo que vi en él.

-¡Oye, no te pases! -le dio un puñetazo en el hombro y Rafa se lo devolvió en el estómago dejándole un instante sin aire. Mía les observó con preocupación e intentó separarles hasta que les vio las caras. Se lo estaban pasando pipa peleándose. Rió con ellos.

-Mía, te estaba buscando -dijo una chica a la espalda de Pablo. Al volverse vio a una chica preciosa. Con el pelo castaño con mechas de color más claro y los ojos verdes.

-Estaba aquí, con esta gente. Te presento. Esta es mi amiga Marga, este es... perdona no recuerdo tu nombre.

-Pablo.

-¡Eso! Y este es Rafa -sonrió coqueta y le dio un toque con la cadera al susodicho. Éste la cogió por la cintura y le dijo algo al oído.

-Encantado -dijeron. Pablo no podía quitarle los ojos de encima a Marga y ésta se dio cuenta. Le sonrió y le preguntó en qué clase estaba.

-En 4º B -se refería a la E.S.O.

-¿Ah, sí? ¿Y ya sabes qué carrera vas a hacer?

-Ni idea, jeje. No sé si elegir Química, Física o alguna ingeniería.

-Pues sí que debes ser un coquito -le dio un toque en su frente. Él sonrió-. Bueno, tengo que irme.

-Espera, ¿y tu clase cuál es?

-3º A, como Mía.

-Ah -en ese momento sonaba la sirena que anunciaba el fin del recreo y entraron. Por el camino hablaron un poco más y quedaron los cuatro para verse a la salida.

 

Natalia les observaba desde lejos, como siempre parecía que fuese invisible o algo así. La chica invisible, esa era ella. Vio cómo se la comía con los ojos y cómo ella coqueteaba sin reparos a pesar de que acababan de conocerse. Siguiendo a la inmensa fila de chicos y chicas que se introducían por entre las puertas abiertas del edificio, entró en su clase y se sentó o más bien se dejó caer en el asiento. Toda una serie de profesores pasaron por delante suyo sin que se enterara de nada de lo que decían. Simplemente se limitó a sacar un libro o un cuaderno según veía hacer al resto y su mente fue incapaz de concentrarse en otra cosa que no fuese Pablo y aquella chica.

 

Horas más tarde, Pablo se conectaba de nuevo. El corazón le dio un vuelco cuando la ventanita que anunciaba que su amigo acababa de entrar apareció delante de sus ojos. La conversació fue breve:

-Hola Nati, ¿cómo estás hoy? -últimamente le había dado por abreviar su nombre y a ella eso le pareció de lo más tierno. Era el único que la llamaba así.

-Bien, ¿y tú?

-Genial -añadió una carita sonriente-. Hoy estoy especialmente contento.

-¿Y eso? -quiso saber ella. La pantalla se quedó en blanco durante demasiado tiempo. Pensó que probablemente estaba pensando la respuesta o bien revisando el correo y no se había dado cuenta de que le había respondido. Estaba acostumbrada a esos tiempos muertos que a veces llegaban a ser irritantes.

-Tú y yo somos amigos, ¿verdad?

-Por supuesto -¿a qué venía eso?, se preguntó intrigaba Natalia.

-Es que... no sé... igualmente te molesta si te cuento algo.

-Sabes que puedes hablar de lo que quieras, yo siempre escucho -de nuevo otro de aquellos interminables silencios. Ni siquiera aparecían las palabras "Pablo está escribiendo".

    Al otro lado, Pablo, que no estaba seguro de lo que iba a decir a continuación, recordó la vez en que ella había dejado de conectarse durante semanas sin darle luego una explicación. Temió que decirle la verdad significara que volviera a desaparecer de su vida. Natalia y él llevaban tanto tiempo chateando que la consideraba su mejor amiga, casi más que Rafa ya que había sentimientos y pensamientos tan íntimos y personales que resultaban difíciles de expresar cara a cara. Para esos prefería desahogarse con Natalia, o lo que es lo mismo, natalia96. Él era Pablísimo.

-Temo que te enfades o te siente mal -escribió al fin y esperó a ver qué le contestaba Nati.

-Para nada, tú cuéntame -¿qué sería lo que le tenía así?

-He conocido a una chica en el insti, se llama Marga y he quedado con ella y sus amigas para tomar un café o lo que se tercie. Creo que me gusta -añadió otra de esas caritas.

    Natalia leyó la pantalla y se le cayó el alma a los pies. Si había tardado tanto en contárselo significaba que había supuesto para él algo más que conocer a una chica. Es que le gustaba de verdad.

-Me alegro por ti -escribió, no supo cómo, a través de las lágrimas.

 

¿Era posible que Pablo, su Pablo, se hubiera enamorado de otra? ¿Qué sería ahora de ella? ¿Irían en serio? ¿Empezarían a salir? ¿Dejaría de hablar con ella por el chat? Natalia se hacía un mar de preguntas. Todas ellas sin respuesta clara. Y todo por haber sido tan cobarde de no hablar con él cara a cara cuando tuvo la ocasión, estaba tan arrepentida...

 

Semanas más tarde Pablo le decía a Natalia por el chat que había empezado a salir con Marga y que estaba muy contento. Natalia se derrumbó, pensó que no tenía sentido su vida. Siguiendo un impulso, se atrevió a preguntarle si eso significaba que dejaría de hablar con ella por el chat.

-No, para nada, no pienses eso. Tú eres mi mejor amiga, en quien más confío y a quien le cuento todo.

-Muchas gracias pero no creo merecer ese honor -respondió ella.

-No digas tonterías, ¿quién me ayudó con el examen de mates? ¿Quién estuvo a mi lado cuando falleció mi abuela? ¿Quién está ahí siempre que mi madre se pone tonta conmigo? Tú y sólo tú.

-Bueno, tienes a tu amigo Rafa, ¿no?

-Sí, pero con él no puedo ponerme serio. Es distinto. Contigo siento que puedo contártelo todo, absolutamente todo. Con él me sentiría muy incómodo hablando de mis sentimientos.

-Está bien, te creo -Pablo le respondió con una de esas caritas sonrientes-. ¿Hoy saldrás con tu novia? -le costó muchísimo escribir esas cinco letras, lo significaban todo: que le estaba perdiendo.

-No, hoy no. Ayer discutimos. Se pone muy pesada con lo del fútbol, no entiende que me gusten ver los partidos con mis colegas. Quiere que estemos siempre juntos y eso no puede ser. Tengo mi vida.

Natalia entonces vio un rayo de esperanza, no todo era color de rosa en su relación con esa chica.

-Lo siento -mintió con una sonrisa en los labios.

-Bueno, tengo que irme, he quedado con Pablo. Dice que tiene una cita con una tal Cristina. Por lo visto la chica conoce bien su reputación y no se fía, jajaja, va a llevar a una amiga, así que Pablo le dijo que si ella llevaba a una amiga él llevaría a su mejor amigo. Así que me ha metido en el ajo y no tengo otra opción.

-¿Y a Marga no le importa?

-Je, es que ella no lo sabe -agregó un icono que guiñaba un ojo-. Me voy, hasta mañana -y se desconectó.

A Natalia por una parte le alegraba saber que hiciera ese tipo de cosas a espaldas de su chica pero por otra parte se preguntó si su amado Pablo sería de fiar. ¿Qué haría si ella fuera Marga? ¿También quedaría a expensas suyas con otras mujeres? La duda estaba ahí...

 

Meses más tarde, Pablo seguía en la misma línea. Quedaba con Marga y con otras chicas también. Él le aseguraba que sólo eran amigas, pero continuaba sin contárselo. Natalia pensó que había llegado el momento de actuar. Si Pablo iba a seguir haciéndole eso a su novia, es que había motivos no tan inocentes.

No le fue difícil colar una nota en la mochica de Marga en la que le contaba la verdad. Para no levantar sospechas, había elegido escribir el nombre de una de las primeras chicas con las que él había salido, siempre acompañado de Rafa. Y esperó su reacción.

Un par de horas más tarde, les encontró discutiendo frente al quiosco en el que solían comprar las golosinas o meriendas. Ella acabó empujándole para luego salir corriendo envuelta en lágrimas. Natalia sintió una punzada de dolor, al fin y al cabo la chica era una víctima y ella era quien le había abierto los ojos.

 

No fue hasta pasados dos días cuando por fin Natalia vio conectado a su gran amor. Él la saludó como si no pasase nada y comiéndose las ganas de preguntarle por cómo se sentía por lo de su evidente ruptura, conversó lo más amigable y natural que le fue posible. Algo notaría Pablo que acabó preguntándole si le pasaba algo porque la notaba rara.

-No, que va, todo va bien. Son los exámenes que me tienen muy estresada -escribió finalmente en la ventana de chat.

-¿Estás segura?

-Sí, en serio.

-Está bien. Me gustaría que supieras que tienes todo mi apoyo en todo momento y que si necesitas cualquier día, no hoy, sino cualquier otro, hablar con alguien aquí me tienes -leyó ella con lágrimas en los ojos. Al final se atrevió a preguntarle:

-¿Y qué tal está tu chica?

-Ni idea, ya no estoy con ella.

-¿Y eso? ¿Qué ha pasado?

-Nada, que no ha salido bien. Creo que no estaba preparado para algo tan... real.

    Natalia leyó tres veces la palabra real intentando averiguar si estaba tratando de decirle algo. Si quizá tenía algo de doble sentido y en realidad estaba hablando de la relación que mantenían desde hacía ya dos años vía chat entre ambos.

-¿Sigues ahí? -escribió Pablo.

-Sí, sigo.

-Pues eso, que vuelvo a estar soltero. Libre y sin compromisos.

-Como yo -agregó ella para ver si se arrancaba de una vez por todas y le insinuaba algo prometedor.

-Exacto. Creo que nadie nos quiere, Nati.

-No digas eso.

-Tú sí me quieres, ¿verdad? -en aquel momento el corazón de Natalia parecía que le fuera a salir disparado del pecho.

    Pablo, al ver que no respondía nada, agregó:

-Porque yo a ti te quiero muchísimo. No importa que tú aún no puedas decírmelo, es más no sé por qué no te lo he dicho antes, te quiero desde hace mucho más de lo que puedo recordar.

-Y yo a ti -escribió finalmente ella. Aquel sin duda, era el día más feliz de su vida.

 

Las semanas volaron y el verano se acercaba. Esa era la época que Natalia más odiaba, porque no podría verle hasta octubre de nuevo y los sentimientos tristes se agolpaban en su mente y en su corazón. A veces Pablo lo notaba y le preguntaba por qué estaba tan triste. Ella se sorprendía y automáticamente se limpiaba las lágrimas de la cara, como si él la estuviera mirando. Eso era algo que la llenaba de admiración. ¿Cómo era posible que fuera tan intuitivo? Había llegado a olvidarse por completo de que estaban hablando a través de una pantalla de ordenador. Así de grandes eran sus sentimientos y su sensación al conversar con él. Por supuesto en su mente se imaginaba que hablaban sentados en una cafetería muy populosa, que la gente que pasaba se paraba a mirarles diciendo cosas acerca de la buena pareja que hacían. O que ella se mesaba el pelo y él le colocaba bien algún mechón que se le hubiese quedado de punta o enganchado en una pestaña.

Y así pasó el tiempo y el último día de clases. Natalia estaba consultando de nuevo, como si algo hubiera logrado cambiar sus desastrosas notas por otras mejores y en cualquier momento pudiera ver que no le habían quedado cinco asignaturas, sino una sola y que no tendría que pasarse el verano estudiando y suspirando a ratos. En ese momento estaba pensando en que al menos tendría la mente distraída durante el tiempo que faltaba hasta que volvieran a cruzarse por los pasillos o a la entrada del instituto. Todavía faltaba un año para terminar el instituto, al menos en teoría, si lograba aprobarlas todas y ponerse a su mismo nivel. Según había leído en el mismo tablón, Pablo las había aprobado casi todas. Sólo le habían quedado dos, y eran de las más fáciles de aprobar. Si le habían quedado era porque él mismo le había dicho textualmente, con ese lenguaje propio de la juventud, que "prefería darle caña a las demás y dejar esas para el verano. En un par de semanas antes me pongo a estudiar y las saco de calle".

En eso estaba, recordando aquella tarde de charla, cuando apareció a su lado. Ella le miró y se quedó con los ojos abiertos, sin poder respirar. Su codo le estaba rozando su brazo y sentía escalofríos a la vez que calor y sofoco. Se volvió y le preguntó algo.

-¿Qué? -respondió Natalia.

-Que cómo ha ido eso -y tras una pausa, al ver su cara de extrañeza y sus ojos asustados añadió: -Me refiero a las notas, claro. Yo tengo dos cates.

-Sí, ya, digo yo cinco -Natalia sentía que le temblaba todo el cuerpo. Jamás habían estado tan cerca y cuando le habló, por un momento olvidó que él no sabía quién era ella. Tuvo el impulso de decirle: "Sí, ya lo sé, me dijiste que ibas a preparártelas para septiembre". Menos mal que enseguida se dio cuenta de que hubiera sido un error fatal.

-¿Has suspendido cinco? Vaya, lo siento -ella se limitó a negar con la cabeza-. Bueno, tendremos que hincar los codos un poco en verano.

Su sonrisa la calmó, tragó saliva y de repente las palabras le salieron solas.

-Si, voy a tener que esforzarme más. He estado un poco... ausente este curso y me he dormido en los laureles.

-¿Has faltado mucho?

-No, me refiero a ausente porque he estado pensando en... un chico.

-Ah, ya. Mal de amores que se dice. Eso es lo peor. Mira, yo no le conozco, pero andar pensando en alguien que no está por ti, es que no te merece.

-Gracias -respondió triste.

-Oye, necesitas animarte. ¿Qué te parece si te invito a un helado?

-¿Qué?

-Que te invito a un helado. Si quieres, claro.

-Yo, no. Quiero decir... ¡sí!

-Pues vamos, salgamos de aquí. Esas no van a cambiar hasta septiembre -dijo refiriéndose a la lista de notas y ella se rió nerviosa-. Me gusta tu risa. ¿Ves? Ya vamos mejorando. De aquí a un rato, te habrás olvidado de él. Por cierto, soy Pablo.

-Yo... me llamo Natalia.

-¿Natalia? ¡Vaya, qué casualidad! Tengo una amiga que se llama como tú.

-¿Ah, sí? -tartamudeó-. Es que... es un... no-nombre bastan-te com-mún.

-Sí, además de precioso. Como su dueña.

Natalia le miró y se dio cuenta de que estaba sonriendo de oreja a oreja. Hacía mucho tiempo que no sonreía de esa manera. Pensaba que había conocido la felicidad. Se equivocaba. En ese momento se sentía como en una nube y el resto, no importaba nada. Ni las notas ni los demás que pasaban a su lado y les empujaban para revisar sus notas por si había habido alguna equivocación o revisión de última hora...

 

En la heladería se estaba fresquito. Tenían el aire acondicionado puesto a tope y se agradecía. En la calle debía de hacer por lo menos 30º. El verano se había adelantado ese año y auguraba que sería así de caluroso o más hasta que llegase el otoño. Las baldosas del suelo eran tan brillantes que las luces del techo se reflejaban de una forma que casi era molesta. Natalia pensó si con tanto reflejo alguien podría adivinar el color de su ropa interior, y trató de moverse lo más recatada que pudo sin parecer boba.

-¿De qué lo quieres? -preguntó Pablo.

-Hmmm... de tarta de queso -respondió al ver que había.

-¡Qué curioso! Mi amiga Natalia, la que te dije antes -ella asintió, ruborizándose- resulta que ese es su helado favorito.

-Es que está muy rico.

-Mira, te ha salido un pareado. ¿Me pone dos, por favor?

-Creí que... serías más de la menta o algo así.

-Bueno, me gusta cambiar de vez en cuan... ¿cómo sabes que me gusta la menta?

-Yo, es que a mi hermano le encanta -soltó. No sabía por qué había dicho eso, ni siquiera tenía hermanos.

-Ah. ¿Nos sentamos ahí?

-Sí.

Estuvieron charlando y riendo durante al menos una hora. No tenían helados ya y no sabían por qué aún estaban sentados el uno frente al otro contando historietas. Natalia tenía que hacer un gran esfuerzo por contarle cosas que no le hubiera dicho ya y por otro lado, su yo interior le gritaba que qué estaba haciendo. Que no perdiera más el tiempo y que le confesara de una vez que era ella con quien chateaba todos los días hasta las tantas, a veces.

Al cabo de un rato, pasó su amigo Rafa y le hizo señas para que saliese.

-Perdona, ¿te importa si...?

-No, en realidad ya es tarde. Mi madre se estará preguntando dónde me he metido.

-Perdona, no era mi intención entretenerte.

-No, para nada. Me lo he pasado muy bien.

Conforme salió, Rafa empezó a expetarle que en dónde se había metido, que llevaba buscándole un buen rato y que encima su móvil estaba apagado.

-Se me acabó la batería esta mañana. Iba a cargarlo anoche pero caí rendido en la cama y...

-No me cuentes historias. Por cierto, ¿no me presentas a tu amiga?

-Oh, perdona, sí. Esta es Natalia.

-¿Natalia? ¿Tu Natalia ?¿La de...? -e hizo el gesto de escribir en un teclado.

-No, no -respondió algo avergonzado-, esta es una compañera de instituto. Nos hemos conocido en el tablón de anuncios, ¿verdad? -ella asintió incapaz de pronunciar palabra, estaba roja como un tomate.

-Ah, claro. Ya decía yo. Ya te lo he dicho, a esa no la vas a conocer en persona en la vida. Esa no es trigo limpio, te lo digo yo... -cuando dijo eso, nadie se fijó en que la mirada de Natalia se ensombrecía durante un instante para luego continuar con su escalada hacia la mayor de las vergüenzas.

-No digas tonterías. Bueno y a qué venía tanta prisa -terció Pablo.

-¿Que a qué venía? ¿No te acuerdas de que había quedado con Sonia y su amiga? Ya, sabes, para que estuviera más cómoda... -la última frase de su amigo sonó algo entredientes.

-Ah, ostras se me había olvidado. Bueno, Natalia, ha sido un placer. Supongo que nos veremos de nuevo en septiembre -le dio dos besos y se fueron a paso rápido mientras Rafa continuaba echándole la bronca.

Natalia se quedó allí plantada, a sabiendas de que se le había escapado su única oportunidad de aquel verano de estar de verdad con su amor.

 

Los meses de verano transcurrieron lentos y deprimentes para Natalia. Su única diversión, por llamarlo de alguna manera, era jugar entre las olas en las raras ocasiones en que se sentía lo bastante animada para ir a la playa. Un par de veces se lo pasó realmente bien y fueron los dos fines de semana que pasaron en el campo de unos primos más pequeños. Los niños solían ser su debilidad y mantenerlos entretenidos, además de favorecer que sus pensamientos corrieran hacia otros derroteros, le hacían sentir bien por dentro.

Su reincorporación al instituto fue otra historia. Nadie comprendía, y menos aún su madre que sabía lo mal que se le daban los estudios (de hecho ya estaba acostumbrada a que tuviera exámenes en septiembre) lo deseosa y nerviosa que estaba por asistir a su primer exámen de evaluación. Sólo ella sabía la razón: tendría otra oportunidad de ver a Pablo en persona y quizá le pidiese otra cita. Durante el verano, éste le había contado por el chat que no había conocido a ninguna chica que despertase en él el suficiente interés como para probar una segunda cita. Por una parte esto era algo positivo, pero por otra, la incluía a ella misma, ya que todavía recordaba como si fuese ayer, el delicioso helado de tarta de queso que se había tomado en su compañía. Claro que era muy consciente de que para él no había que considerarlo una cita y esa cuestión tenía su lado positivo.

Por eso, cuando al fin se presentó al exámen de matemáticas buscó con la mirada a ver si veía a Pablo. Sabía que él también tenía que hacerlo. Durante cinco minutos no apareció, tampoco el profesor por lo que mientras el resto de alumnos se pasaban chuletas, reían (casi de forma histérica, pensaría Natalia más tarde, de seguro que era la manera que tienen algunos de soltar los nervios acumulados) o repasaban las lecciones que tenían más verdes. Fueron los cinco minutos peores de su vida, porque estaba segura de que al final no iba a aparecer. Al cabo de ese tiempo, apareció charlando con el profesor alegremente como si fueran amigos. Luego, el profesor le dijo que se sentara a él y a todos los demás que estaban de pie. Ella, respiró aliviada y le saludó con la mano. Pablo le respondió al saludo al principio sin recordar el por qué del gesto y luego más convencido al acordarse de la heladería. Al pasar a su lado le deseó suerte y ella hizo lo propio.

Tras realizar el exámen lo mejor que pudo, Pablo se enfrascó en una acalorada conversación con el chico que se sentaba a su lado (Natalia no recordaba su nombre) y después de mucho cavilar, se envalentonó y se le acercó a preguntarle por el exámen. Por lo que pudo oír, el compañero se había pasado todo el exámen copiándose de él y casi los pillan a ambos cuando el profesor pidió silencio. Natalia nunca había visto a Pablo tan enfadado.

(Continuará...)


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