Microrrelatos

Estos que vienen a continuación son varios intentos enviados, ya que se podían enviar todos los que uno quisiera, al programa concurso de Onda Cero. La cuestión iba de la siguiente manera: ellos daban una primera frase corta a partir de la cual se enviaban microrrelatos que empezaran con esa frase y que añadieran más de 100 caracteres a la frase inicial. Y a la semana siguiente, las últimas palabras del microrrelato ganador determinaban las primeras de la siguiente ronda.

 

En mi caso empecé por la frase que está marcada en negrita:

 

Dolor verde

Y dio otro bocado. Odiaba aquellos brotes de brócoli, pero disfrutaba destrozándolos con el tenedor antes de llevárselos a la boca.

-¡Ramón, termínate eso que nos vamos! –le gritó su madre al pasar.

La miró con odio y siguió engullendo más aprisa mientras retenía una arcada.

-Ojalá te mueras –murmuró. Al terminar metió el plato en el lavavajillas y salió al pasillo-. Ya estoy mamá.

Silencio sepulcral.

-¿Mamá? –insistió-.

-¡Mamá! –gritó a la figura que yacía en el suelo. Por favor mamá, me comeré el brócoli.

El médico diagnosticaría derrame cerebral, pero Ramón sabía que había sido él. De alguna manera, había sido él.

Pequeños tesoros

Y dio otro bocado. Odiaba aquellos brotes de brócoli, pero disfrutaba destrozándolos con el tenedor antes de llevárselos a la boca. -¡Ramón, termínate, era incluso mejor que comer. Esta vez se metió un buen trozo de brownie, seguido de un cucharón de nata montada. Cerró los ojos. Casi podía saborearlo. Al abrirlos, la realidad fue apabullante. Su viejo carrito lleno de trastos descansaba al lado suya. Ahí llevaba todo lo que le quedaba. Su estómago gruñó en serio y se fue a visitar a su contenedor favorito. A mascar restos de frituras, roer huesos de chuletas y lamer fondos de latas.

-¡Vaya! hoy tuve suerte –había encontrado un trozo de brownie  casi intacto. Casi, porque una lagrima lo estaba mojando.

 

 

Brillo mortecino

Como los ángeles al caer el sol, los copos de nieve se acumulaban en la acera. En la misma en la que una vez fui feliz. En aquel suelo, junto a esa farola, Inés me dijo que me quería y en aquel mismo suelo, un coche se la llevaba.

La felicidad acaecida, el instante perdido, salpicado de rojo... Su mano aferraba la mía intentando transportarme con ella a lo desconocido, mientras su brillo se perdía en la noche, en la miseria de la noche. El monstruo hermano de Baco suplicaba clemencia, pero llegaba tarde. Su vida se escapaba, ya sin dolor, lejos de mí. Lejos de todo.

Mundo mágico

Como los ángeles al caer el sol, los pájaros emitían sus últimos cánticos a la bola de fuego, al tiempo que daba comienzo el melódico cortejo de los grillos. El bosque se

enfundaba en su nueva piel. Las lechuzas ululaban mientras las sombras se cernían en derredor. Entonces y sólo entonces, salían de sus escondites toda suerte de seres mágicos: duendes, hadas, gnomos... Todos juntos, formando un tapiz en movimiento, resurgido con cada sueño, cada esperanza o deseo lanzado al aire por los niños y creyentes...

–La magia deja hoy su estela

porque alguien más creyó en ella.

Coreando una canción tan antigua como su existencia

Un ser sin ser

Como los ángeles al caer el sol, la musicalidad de sus palabras resonaba en sus oídos. Eran cánticos dorados, notas elevadas a su máxima esencia contagiándola del ritmo fragante. Casi sin darse cuenta comenzó a balancear el cuerpo. Primero un pie, una pierna, la otra y siguió con las caderas y el resto del cuerpo.

Estaba en éxtasis multicolor. Su pasión era el escenario, ahora lo sabía. Subiría ahí algún día y sumiría a todos en la cordura y en la locura, en notas violetas, azules... No es que escuchara la música, sino que la música era ella misma, un ser sin ser. Una vida, sin vida.

El influjo

Como los ángeles al caer el sol, su rostro iluminaba la estancia con sólo sonreír. Únicamente su sombra parecía reticente a caer bajo su influjo. Su voz dulce y aterciopelada agraciaba cada oído al que llegaba. Un candoroso rostro bajo un pelo rubio con bucles, una piel suave y efímera remataban el conjunto. La inocencia se pintaba en sus ojos color cielo, confiriéndole cierta expresión de paz. Me miraba con aquella ingenuidad y no pude menos que asirla delicadamente entre mis brazos. Parecía tan frágil...

–Mi hija –dije en voz alta mientras la acunaba con amor y su fragancia me envolvía–. Mi hija.

Fin de la niñez

Como los ángeles al caer el sol, así las hojas otoñales eran balanceadas por el viento. La niña del columpio las observaba triste, ¡ya nunca más serían verdes!. Las ramas desconsoladas, lloraban ya su pérdida y el aire frío las alejaría para siempre. Un débil sol intentaba escurrirse por entre nubarrones grises.

–¡Se mojarán! –pensó acongojada.

Sin poderlo soportar, comenzó a recogerlas metiéndolas en sus bolsillos. Pronto se llenaron, así que resguardó algunas dentro de un árbol y continuó. Pero el viento se las llevó nuevamente. Al volverse, supo que todo era inútil: su familia se mudaba y ella era una hoja más barrida por el viento.

 

 

La lección

Algunos lloran, otros protestan, los hay que callan. Manuel era de esos. Cada vez que el cura le ponía la mano encima él callaba, poniéndole más furioso y recibiendo más fuerte. La disciplina es básica para la educación, decía, pero todos sabían que le gustaba más pegar que enseñar.

Un día le fue a abofetear por hablar en clase y le paró la mano retorciéndosela. Acabó tirándolo al suelo. Los demás rieron, supo que era su fin. Lo azotarían, estaba seguro. El odio le miró desde abajo y le dio igual, había triunfado.

–Ahora sabes lo que se siente.

Y se marchó.

El refugio

Algunos lloran. Los puede escuchar. Otros rezan. Mientras, las bombas silban en el aire para caer luego estruendosamente.

–Imagina que son truenos. La lluvia no da miedo –le dijo a su hermano pequeño–. Mañana no lloverá, ya verás.

Su voz sonaba valiente, pero se agarraba fuerte al delantal de su madre.

–Pronto pasará –les decía ésta mientras una lágrima brillaba en su cara.

–¿Por qué nos bombardean? –le dijo al oído–. ¿He hecho algo malo?

–No, sigue cuidando de tu hermano, que no llore.

Y se puso a cantar contagiando a los demás. Y los aviones pasaron de largo.

Elocuencia

Algunos lloran de la risa al oír sus historias. Como la del gato verde que bajó de una nave o la sardina que hablaba. Era su forma de ayudar a los demás. Cuando alguien estaba triste, le contaba una de esas haciéndole sentir mejor. A veces le sorprendía su propia imaginación. Sacaba historias casi de cualquier cosa, como aquella vez que contó al dentista que su muela derecha protestó al comerse un dulce.

–Las muelas no hablan –dijo el doctor.

–Las mías sí –repuso él.

Así afrontaba el dolor. Cambiaba el sufrimiento por sonrisas a través de sus historias. Y lo conseguía.

 

 

La enfermera loca

Rutinariamente, intercambio sus pulseras identificativas. Les miro a los ojos y no me reconcome la conciencia cuando les entrego a los hijos de otros. Recuerdo el día en que mi médico me declaró estéril. No podía creerlo. Lo sorprendente es la cantidad de madres que no se dan cuenta. Sólo unas pocas han puesto reparos y ha habido que sedar a algunas. Al final todas caen. Con los años he tenido que perfeccionar la técnica. Desde lo de las huellas dactilares del pie ha sido más difícil dar el cambiazo, pero es lo único que me satisface emocionalmente. Y sigo haciéndolo, año, tras año…

Futuro caótico

Rutinariamente, intercambio sus pulseras identificativas. Con ellas les doy una nueva vida, una nueva oportunidad de sobrevivir en este mundo de caos. Las patrullas sobrevuelan las calles de la ciudad con sus coches voladores buscando a los refugiados, a los proscritos… Lo más difícil es encontrarles una identidad que sea creíble y que  no llame la atención de los policías robots. Yo mismo los diseñé y sé cómo engañarlos. Me dijeron que ayudarían a la gente y en lugar de eso, sólo sirven para acrecentar el caos. No me importa si me apresan, al menos tendré menos muertes sobre mi conciencia.

Buscando la remisión

Rutinariamente, intercambio sus pulseras identificativas. Las patrullas nazis acechan en la oscuridad detrás de cada muro, pendientes de mi labor. Apilo los cuerpos en vagones de la mina abandonada y son llevados hasta los crematorios. Algunos presentan aparatosas heridas producto de los locos experimentos del Doctor Muerte, como empieza a conocérsele. Rezo diariamente para no tener que hacerlo, preferiría ser de uno de esos cuerpos y dejar de sufrir. Pienso en sus familias, en la mía. Si algún día regreso a casa, no podré mirarles a los ojos. Quizá un día intercambie la última pulsera que hará que todo termine. El dolor será mi remisión.

 

Las dudas

A mí me empiezan a entrar dudas. La gente me dice que el de la fotografía no soy yo, pero no puede ser. Me miro al espejo y somos dos gotas de agua. En el reverso hay una fecha de hace sesenta años. Será un error. Yo soy él y él es yo. Ese fue el acuerdo. ¿O quizá no?, quizá sea que quiero creer que es así. ¿Es mejor eso que la verdad? No lo sé. Yo sólo dejo que crean que somos personas distintas porque un pacto es un pacto, y éste, está firmado con mi alma.

 

Ana M. Cañizar, noviembre-diciembre de 2010

 

Estos dos pertenecen a otro concurso en el que el premio era una cafetera de cápsulas. Se empezaba por una frase dada (en negrita) y había que completarla con unas 35 palabras o algo así. Estos son los dos microrrelatos que presenté:

Di un sorbo a mi café y me acordé de ti. Te llamé y a pesar de los años descolgaste. Te pedí una cita y aceptaste. Fue el mejor día de toda mi vida.

Di un sorbo a mi café y taché otro nombre de la lista. Ya sólo quedaban tres. Mi venganza estaba cada vez más cerca...

 

 

 


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