Pandora y la traición

 

La bella Pandora se hallaba sentada bordando uno de sus estupendos tapices cuando un golpe seco en la puerta la sacó de su labor.

–Adelante –dijo al tiempo que dejaba a un lado el bastidor con su última obra a medio hacer.

Un segundo después entraba en la amplia estancia un fornido guerrero lleno de barro y empapado por la incesante lluvia que había estado cayendo a lo largo de todo el día. Estaba casi sin aliento y hablaba atropelladamente:

–Mi señora,... había humo por todas partes,... los hombres caían como moscas, apenas pudimos... ¡¡ha sido un horror!! Los soldados no dejaban de...

Sus palabras fueron interrumpidas por un simple gesto de su blanca mano envuelta en uno de aquellos conocidos guantes de encaje que se pusieron de moda a raíz de usarlos ella, pues tal era la admiración que causaba. En realidad lo usaba para esconder una cicatriz muy fea que se hizo hacía años durante sus tiempos de guerrera, pero las gentiles del pueblo lo copiaron como símbolo de feminidad.

–Por favor, Walter, respire antes un poco. Está empapado por Dios bendito, acérquese al fuego. ¡¡Mildred!! –se dirigió a su dama de compañía– ve a la cocina a buscar un caldo bien caliente y tráigale algo de ropa seca. Tenga póngase esta manta por los hombros.

–Gracias, mi señora, es usted pura bondad.

–Siéntese cerca del fuego y cuénteme que nuevas me trae –le dijo mientras ella tomaba asiento en el contiguo. Un ruido sordo de hambre probablemente al imaginar el caldo que le esperaba en unos instantes resonó en el silencio de la estancia, sin embargo el  muchacho pareció no percatarse de ello. Se hallaba con la mente perdida en el horror de la batalla como poniendo en orden sus pensamientos. De repente comenzó a hablar en voz baja:

–Mi señora, hicimos lo que nos ordenasteis. Mi escuadrón de doscientos batidores conmigo a la cabeza alcanzamos el objetivo que nos había sido asignado. Pero ya desde lo alto de la colina... –en ese momento el ama de compañía interrumpió acercándole la ropa seca que colocó en una mesilla cercana y  le ofreció la sopa caliente. El muchacho casi se lo arranca de las manos, pues hacía al menos tres días que no consumía alimento alguno y se bebió o más bien engulló casi de un sorbo el hirviente caldo, cuya temperatura apenas le hizo cosquillas en el gaznate, pues tal era su hambre. Se quedó de nuevo en silencio, como si no recordara qué estaba haciendo antes de tomarse la sopa.

–Continúe por favor, –dijo la Reina Pandora, ávida por conocer todos los detalles de lo acaecido– me estaba relatando su informe.

–Mil disculpas –dijo él, saliendo de su ensoñación y retomando el hilo–. Como le decía desde lo alto de la colina de las Tres Cruces divisamos lo que parecía una ciudad desolada. No se oía ningún sonido. Aquello me hizo dudar, algo no iba bien, pero... Dios bendito,... debí darme cuenta que llevaba a mis hombres a una muerte segura... aún así di la orden de penetrar. Entramos en la ciudadela sin ser vistos por una de las apestosas bocas de alcantarillado y cuando entramos en la plaza, el caos más espantoso se abalanzó sobre nosotros. Miles de hombres cayeron con sus pesadas espadas sobre nosotros, vi... Dios me perdone, vi cómo degollaban a mis hombres uno a uno, pero temí más por el ejército que sabía que vendría detrás nuestra y huí... ¡Sí, huí, huí! Los dejé solos allí muriendo uno tras otro... –decía entre lágrimas, mientras se cogía la cabeza con ambas manos como intentando sacarse con ellas esos malos recuerdos y sobre todo los remordimientos que desde entonces no le abandonaban. Sudaba por cada poro de su piel y su cara y sus manos resplandecían a la luz del mismo fuego que acababa de secarle las gotas de lluvia instantes antes–. De esto hace ahora cuatro noches.

–Cálmese –dijo la Reina Pandora al tiempo que se levantaba de su asiento y colocaba una mano consoladora sobre el hombro de aquel pobre infeliz, quien se sobresaltó al tiempo que le enterneció aquel imprevisto e indecoroso gesto de cariño, pues un noble jamás permitía ser tocado por un vasallo.– Es totalmente comprensible lo que hizo, a veces es necesario tomar decisiones difíciles para salvar muchas vidas. Piense, ¿cuántos eran? ¿había refuerzos ya o venían de camino? –dijo con una dulce voz, en un tono casi confidencial que pareció infundirle valor.

–Por lo que pude llegar a contar más los refuerzos que venían de camino, calculo que eran unos dieciocho mil legionarios, treinta y dos mil pretorianos, diecinueve mil lanceros, treinta mil falanges, más la caballería unos siete mil paladines, diez mil jinetes druidas, dos mil jinetes eduos, dos mil equites caesaris y doce mil equites imperatoris. Sí, mi señora, había refuerzos, más de los que esperábamos. Pero ahí no acaba todo, cuando llegaba de nuevo cabalgando hacia la Colina de las Tres Cruces pude oír unos tambores de guerra, refrené mi caballo y vislumbré a lo lejos cientos de legiones romanas, germanas y galas que llegaban por todas partes. Hay que suspender la operación, ¡¡¡nuestros ejércitos caminan a una muerte segura!!!, ¡¡será el fin de nuestro pueblo!! –se lamentaba alzando cada vez más la voz hasta convertirla en un chillido histérico.

–No será así, os  lo aseguro. ¿Cuánto tiempo calculáis que disponemos para alcanzar a nuestro ejército antes de que lleguen al objetivo fijado?

–¿No estará pensando en...? No puede hacerlo, no, no,...¡¡no lo permitiré!!

–¿Cuánto calcula señor Walter? –dijo con su ya conocido tono de autoridad y aquella mirada por todos conocida.

–Creo que,... sí, unos veinte días, mi señora.

–Tiempo más que de sobra, no hay tiempo de sacar más catapultas ni arietes pues no llegarían, pero aún estamos a tiempo de enviar todo lo que nos queda.

–¡¡Sir William!! ¡¡que alguien llame a Sir William a mi presencia y que se reúna con el consejo en el salón de abajo!! No hay tiempo que perder. Necesito que me haga un recuento del ejército que nos queda... ¡¡rápido!!

–Mildred, decidle a mi escudero que vaya preparando mis armas y mi armadura. ¡Y ayúdeme a quitarme este vestido!, tengo que enfundarme en mis viejas vestiduras.

–Pero mi señora,... ¡¡no puede hacer eso!! Prometisteis a vuestro padre que en paz descanse que nunca más volveríais al campo de batalla y…

–No os lo estoy preguntando vieja loca, ¡¡es una orden!! Ya sé que se lo prometí –dijo bajando la voz en tono de disculpa– pero esta es una situación de emergencia. No voy a dejar que mis hombres mueran en el campo de batalla por una estúpida promesa a mi padre moribundo... además, estoy segura de que él haría lo mismo y de que me lo hizo prometer aún a sabiendas de que la acabaría incumpliendo.

–Si su marido viviera estoy segura de que…

–Si mi marido viviera, tomaría él mismo las armas, pero como murió en campo de batalla no veo mayor honor que el que su esposa tome el lugar que le corresponde y ahora haced lo que os he ordenado–. Y dicho esto la anciana Mildred comprendió que su ama estaba totalmente decidida y que nada la convencería de lo contrario. Desde que enviudara teniendo que tomar las riendas ella sola de su Imperio, se había ganado el respeto y la admiración de todos sus fieles por la manera en que asumió los poderes del Estado sacando al pueblo de la miseria y el hambre, fomentando la agricultura en campos que casi estaban perdidos por el abandono de sus campesinos, así como el comercio de madera, barro e hierro pero sobre todo de cereal. A pesar de desoír el consejo de los ancianos en que la riqueza estaba en los demás bienes, les demostró a todos lo equivocados que estaban. Tanto es así que desde que ella gobernaba habían logrado expandir la ciudadela palacial en una veintena de aldeas nuevas a partir de la venta del cereal sobrante a pueblos aliados. Este acto por sí mismo hizo que creciera un fervor por ella que nadie hubiera imaginado años atrás.

 

 

Minutos después se hallaba vestida de hombre y atravesando las gruesas puertas de roble que ornamentaban el amplio salón en el que le esperaba impaciente todo el Consejo. Todas las cabezas se fijaron en su esbelta figura con miradas de asombro, pues desde que fuera princesa no había lucido tales vestimentas vetadas para las mujeres. Lucía unas mallas marrones o blancas con botas de montar, pantalón holgado y una casaca roja con filos de oro sobre una camisa blanca con bordados. El pelo recogido de forma que cuando se colocara el casco, la podrían confundir fácilmente con un muchacho. Hacía años que no tenía que hacer uso de ellas. En el exterior, le esperaba una reluciente armadura en oro y plata a la que estaban aún sacando brillo. Un  largo camino había tenido que recorrer desde aquel entonces para hacerse valer como ágil y eficaz guerrera, a pesar de las miradas reprobatorias de muchos y de todos los lances que tuvo que ganar tanto en el campo de batalla como fuera de él, para demostrar que una mujer si se lo proponía podía llegar a ser tan buena con las armas como lo era con otras labores, tales como el bordado, que tan bien se le daba.

Entre los miembros de la sala, a parte de Sir William, capitán de La Casa de las Siete Espadas a la que pertenecía la propia Pandora, se encontraban los caballeros de la Orden del Fénix, el líder de los Orcos Asesinos del sur, los ancianos de Los Últimos Templarios del norte y cómo no, los recelosos Eremitas del oeste. Éstos siempre veían espías y problemas en cada cosa que planeaban y fue difícil convencerlos en su día para que formaran parte del Gran Consejo de cuyo bloque formaban ahora parte y que había logrado refrenar tantas veces las grandes escabechinas por cuenta del enemigo común: los temibles Sicarios Dolomitas.

–Señores, –comenzó la reunión Pandora– hoy puede ser un día terrible o el día en que consigamos lo imposible. Todos mis informantes han caído en el campo de batalla a excepción de uno, Walter, quién ha logrado escapar para comunicarnos que nuestro ejército camina a una muerte segura –un gran murmullo se apoderó del silencio de la sala– miles de soldados de todas partes se están reuniendo allí... –el gran alboroto fue subiendo de tono lo que la obligaba a alzar la voz–. Por favor, les pido silencio. Aún estamos a tiempo, nuestras catapultas no llegarían a tiempo así que debemos prescindir de ellas y de los arietes, pero estoy convencida de que entre las ciudades que están bajo vuestro servicio debe haber muchas dispuestas a participar con las suyas para reunir un ejército mayor que barra las defensas enemigas, o al menos las mitigue en parte. Esa aldea debe ser nuestra a toda costa. En ella están los planos para la construcción de nuestra maravilla, es nuestra única oportunidad es ahora o ahora. No cabe otra posibilidad.

–Pero mi señora –dijo Ossien, el viejo barbudo líder de los Eremitas del Oeste con cierto tono de malicia–, no se tome a mal vuestra merced mis palabras, pero nosotros ya os advertimos de que había que acechar antes de enviar el ejército ya que las últimas informaciones que teníamos no eran de fiar. Nuestro topo ya nos había advertido de una posible trampa en esa aldea y era de esperar que aumentaran las defensas allí apostadas. Si no quiso hacernos caso, ese no es nuestro problema. Ahora por vuestra falta de previsión resulta que los demás tenemos que poner en peligro nuestras macros para que vos no perdáis la vuestra…

–No ha sido precisamente falta de previsión lo que nos ha llevado a esta situación, mi estimado Ossien, sino muy a mi pesar la desobediencia y la impaciencia del capitán de mi escuadrón más importante. Sir Thomas partió de madrugada con sus hombres a expensas de que le habíamos advertido de que nos asegurásemos con informaciones más recientes antes de actuar. Al parecer, una carta llegó a sus manos en la que se le informaba de que sobre esa aldea acababan de retirarse las defensas y que se la encontraría desierta. Aún no sabemos de dónde salió aquél escrito, pero lo cierto es que hemos sido traicionados desde dentro y esto nos ha puesto en esta difícil situación. Alguien del bloque ha puesto en peligro toda la operación y ahora, lo único que podemos hacer, es reunir un ejército lo suficientemente grande para que llegue justo antes que el de Sir Thomas o en el mismo instante. Yo misma formaré parte de ese ejército, con o sin vuestra ayuda. No dejaré que mis hombres mueran sin haber hecho todo lo posible por mi parte. Aún puedo reunir unos diez mil caballos más la infantería que queda, que debe estar en torno a los quince mil. Y eso solo desde esta aldea, aún falta lo que puedan aportar vuestras mercedes y el resto de alianzas. Por eso los he reunido hoy aquí. No hay tiempo que perder...

–Lo siento pero no estoy de acuerdo, –intervino de nuevo Ossien– si no sabéis agarrar a sus perros de pelea ese es vuestro problema... ¿nos estáis pidiendo que usemos nuestros ejércitos poniendo nuestra propia integridad en peligro porque uno de sus hombres ha desobedecido una simple orden? Aquí lo que ha habido es una negligencia por parte de de ese personaje y ahora quiere ponernos a todos en riesgo para salvar vuestro... vuestro... ¡¡vuestras espaldas!! Y os pido mil disculpas por la insolencia, pero es la pura verdad.

–Era de esperar, –intervino Sir William gran estratega y ferviente admirador de la Reina Pandora mientras varios pares de ojos se volvían hacia él. Hacía años que tras reunir el valor suficiente había acudido a su padre, el Rey Jorge para pedir su mano pero antes de poder hacerlo oyó de sus labios que éste había decidido concedérsela al Conde Will de Vico, veinte años mayor que ella. De modo que guardó silencio atesorando para sí su incondicional amor y jurando que jamás sería de otra–. Vosotros los Eremitas del Oeste siempre tan temerosos, siempre poniendo excusas... sois unos cobardes, no podemos perder ese ejército, ¿no os dais cuenta? La Reina Pandora está dispuesta a sacrificar su propia vida, Dios no lo quiera, para defender nuestra causa. ¡Creo que eso se merece el apoyo por nuestra parte con las armas! ¡¡Marc!! –gritó a su teniente quien se adentró desde el fondo de la sala haciéndose hueco entre la gente del Consejo con unos documentos que fijaron la mirada extrañada de muchos.

Sir William se acercó a la hermosa Pandora y arrodillándose ante ella dijo:

–Mi señora, perdonadme, pero os he estado ocultando nuestro verdadero potencial ofensivo. Podéis contar con el ejército de mi primo Nicholas III, jefe militar de la Casa de La Cruz Dorada –la sala estalló en murmullos, pues hasta ese momento no se tenía noticia de que esa alianza estuviera de su lado–. Estoy seguro de que no tendrá reparos en utilizarlo. Lo guardábamos para tirar la maravilla enemiga pero no alcanzo a encontrar mejor ocasión que esta. Será un honor luchar a vuestro lado.

–Gracias Sir William, sabía que podía contar con vos –dijo mientras se arrodillaba a su lado en señal de respeto y lo ayudaba a levantarse. Durante un momento sus cabezas estuvieron demasiado cerca y sus miradas se cruzaron. Una chispa surgió en ella, algo que nunca antes había sentido y que no podía comprender qué significaba en un momento como aquel. Sus pensamientos fueron interrumpidos por un enardecido Consejo que no tardó en dar su aprobación a tal contienda al ver dichos documentos y que ya se encontraba haciendo cálculos y revisando números para coordinar el nuevo ataque. Todos estaban de acuerdo en que debía salir perfecto. Bueno, todos, no, Ossien acababa de anunciar que los Eremitas no iban a participar en aquella locura y que si esa era la forma impetuosa de actuar del bloque, ya se pensarían el salir o no de él. Los demás se miraron unos a otros sin dar crédito a lo que eso implicaba, pero comprendieron que lo que apremiaba en ese instante era planear la batalla y a ese menester se pusieron.

 

 

Desde la Colina de las Tres Cruces agazapados entre los arbustos se encontraban varios días después la Reina Pandora y su mano derecha Sir William. Detrás, oculto aún, el exiguo ejército que acompañaba al séquito de la Reina se encontraba exhausto y lleno de barro de la lluvia de los últimos días, pues para ganar tiempo habían cabalgado incluso de noche pernoctando a la intemperie tan sólo unas horas cada vez. Aquella mañana no llovía,  quizá fuera una señal de buen augurio. Juntos examinaban lo que parecía ser una aldea atestada de tropas.

–Los informes eran correctos, calculo que hay casi cien mil defensas de a pie y unas treinta mil a caballo, es más del triple de lo que nos habían dicho en un principio, pero concuerda con las tropas avistadas por el joven Walter. Si no fuera por él… –añadió tras una pequeña pausa.

–Sí, estoy de acuerdo, sólo tenemos que esperar a que el ejército de Sir Nicholas…

–Verá, mi señora, –la interrumpió avergonzado– no estoy seguro de haber podido convencer a mi primo. Me puso muchos reparos y en su última carta no dejaba muy claro si participaría o no. Quiero que sepa que he hecho todo lo que estaba en mi mano y…

–No me cabe duda, Sir William. Entiendo que no todos están dispuestos a renunciar a sus sueños por mi falta de liderazgo.

–No, por favor, no os martiricéis con eso, es ese comandante vuestro el que ha actuado de forma precipitada y…

–Lo sé, pero es mi responsabilidad y asumiré las consecuencias. Mantengamos la calma y la esperanza. Rezaré para que su primo haya escuchado vuestras palabras y lleguen a tiempo para evitar la catástrofe. Escuchad –dijo de repente al tiempo que un sonido atronador cruzaba el aire–. Son los cuernos de nuestro batallón. Ya están llegando y aunque aún no divisemos ni rastro del otro ejército no podemos esperar. Dijimos que entraríamos en la aldea a mediodía y ya casi lo es.

Miró un instante al apuesto Sir William. Desde aquel día en el salón en que se arrodillase a sus pies y sus miradas se cruzaran apenas habían tenido tiempo para estar solos y hablar. Ahora no es el momento para pensar en eso –se dijo a sí misma y salió despacio de los arbustos sin hacer apenas ruido. Él la siguió presuroso. Se dirigió rápidamente a la cabeza de su pequeño ejército y les dirigió lo que pensaba serían sus últimas palabras, no sin antes pensar fugazmente que quizá el joven Sir William jamás llegara a conocer sus sentimientos por él:

–Caballeros, esta puede ser nuestra gran cruzada. Nuestro numeroso ejército con las catapultas y carneros está a punto de llegar. Sabemos que con ellos llegarán tropas desde el otro lado de nuestro vasto imperio que tumbarán y aniquilarán las grandes defensas que nos esperan en ese infierno. No quiero mentirles, pero aún no se divisa otro ejército que el nuestro así que es probable que estemos solos ante el peligro y hayamos sido dejados a nuestra suerte –estas últimas palabras provocó un murmullo de indignación entre los hombres.– Sin embargo –prosiguió alzando la mano al tiempo que el murmullo iba remitiendo– tengo fe en nuestros aliados y estoy segura de que pronto avistaremos…

–¡¡Mirad, allí!! –un grito interrumpió las palabras de la Reina y miles de cabezas giraron mirando hacia la dirección que apuntaba un dedo. Decenas de estandartes habían aparecido desde todos los frentes. Vítores de alegría resonaron por doquier y los hombres lanzaban sus guantes, pañuelos,… al aire presos de un incontenible sentimiento de júbilo y unas renovadas fuerzas para arrojarse a la encarnizada lucha que les esperaba abajo. La propia Reina Pandora parecía respirar aliviada retomando sus habituales energías, pues ciertamente había temido que les estuviera enviando a las propias entrañas del infierno en una batalla de antemano perdida.

–¡¡Señores!! –exclamó sonriente alzando su delgado pero aún fuerte brazo, pues nunca había dejado de entrenarse para el combate. Estaba convencida de que era mejor estar preparada para cualquier eventualidad al tiempo que no quería reconocer que se hacía mayor y que de seguir así ya no conocería hombre. Ya tenía veinticinco años y volvía a estar soltera desde hacía cuatro. Sabía que debía dar un heredero al trono, pero aunque había recibido algunas proposiciones de matrimonio, todas habían sido rechazadas porque ningún pretendiente le parecía lo suficientemente adecuado para ocupar el puesto de su fallecido marido. Además, en el fondo no quería reconocer que le gustaba dirigirlo todo sin nadie que la contradijera.– No hay tiempo que perder. ¡¡¡La victoria nos espera!!!

Y dicho esto, montó en su caballo y dio la orden de avanzar. Justo antes de que su enfurecido ejército de avanzadilla llegara para estamparse en una muerte anunciada, un  descomunal ejército jamás visto hasta entonces encabezado por Sir Nicholas III, súbdito incansable de la Cruz Dorada había hecho su entrada. Se podían divisar soldados hasta donde alcanzaba la vista: un tropel conformado por unos treinta mil luchadores de porras, cincuenta mil luchadores de hachas, veintidós mil jinetes teutones, nueve mil quinientos arietes y unas ocho mil catapultas avanzaba sin tregua hacia las murallas que a su lado parecían de papel. En entrechocar de las cabezas de los arietes contra las pesadas murallas y puertas no se hizo esperar y se pudo oír a kilómetros de distancia. La tierra pareció temblar a sus pies y los soldados de unas y otras alianzas se vieron entremezclados hasta un punto tal, que se hacía difícil diferenciarlos. Definitivamente habían alcanzado el objetivo a tiempo abriendo camino al empequeñecido ejército de Pandora.

Entretanto, hordas de intrépidos pero insuficientes soldados galos, germanos y romanos de todas las urbes enemigas intentaban sin éxito refrenar el ataque. El entrechocar de cientos de miles de armas de madera, de hierro y otros metales resurgía en cada rincón de la cada vez más destruida aldea, mientras cientos de incendios iban consumiendo los restos de muchos edificios y zonas productoras de materias para el abastecimiento de los  habitantes. Los dos graneros fueron los primeros en caer, lo que facilitó que una parte del ejército enemigo muriera de inanición y de inatendidas heridas mientras el resto seguía combatiendo. Cinco días y cuatro noche duró el asedio a pesar de que superaban en número a los defensores quienes demostraron tener un valor más allá de toda duda. Finalmente el pillaje terminó dejando la aldea casi sin recursos. Fue una gran hazaña, pues el bando contrario pecó de soberbia confiando en que el bulo que llegara a manos del valiente e impetuoso Sir Thomas, fuera suficiente motivo para alzarse con la victoria.

 

–Me pregunto quién ha sido el traidor que encargó el envío de esa dichosa carta… –dijo furioso Sir William alzando un puño al tiempo que las venillas de la frente se le saltaban y el rostro se le enrojecía. Se encontraban en el salón de reuniones días después de la última victoria, junto con algunos miembros del consejo que ya analizaban la manera en que iban a realizar el siguiente movimiento. Una mirada atenta y apesadumbrada seguía de lejos la conversación: era el afligido Sir Thomas.

–Calmaos, mi querido William –Dios mío, ¿he dicho querido William?, pensó rápidamente Pandora al tiempo que un asombrado pero enternecido caballero la miraba directamente a los ojos. He de disimular, cambiar de tema, ¡qué bochorno!, pensaba ella sonrojada intentando guardar la poca compostura que le quedaba.– Hemos de mantener la mente fría –logró pronunciar en el tono más natural que pudo.

–Sí, tenéis razón –aquellas seis palabras habían roto el hechizo llevándole de nuevo a la realidad del problema–. Probablemente haya sido cosa de los Eremitas. ¿No cree vuestra majestad demasiado sospechoso que ellos se negaran a participar en la batalla?

–No, no creo que hayan sido ellos, confío en su líder, además si hubiesen sido ellos nos habríamos encontrado más defensas aún de las que nos informó Walter. Son unos desconfiados y unos prepotentes, pero no traidores.

–Sí, puede que tengáis razón, les habrían puesto en sobre aviso aunque de lo demás no estoy yo tan seguro.

–¡¡Mi señora!!– exclamó uno de los soldados, al tiempo que atravesaban las puertas del salón que traían apresado a un muchacho que aparentaba tener unos catorce años, sucio y maltrecho que se revolvía entre los fuertes brazos que lo mantenían sujeto.

–¿Qué sucede? ¿Quién es este chico?

–Mi señora, lo hemos encontrado rebuscando entre nuestros archivos. El Secretario General oyó en su despacho algo sospechoso y nos avisó. Cuando entramos encontramos a esta sanguijuela revolviéndolo todo. ¡¡Vamos chico!! Di, ¿Para quién trabajas? –exclamó el soldado al tiempo que le propinaba un puñetazo en la  boca.

–¡¡Aaaauh!! ¡¡Yo no quería hacerlo, pero ellos me obligaron!! –exclamaba entre un mar de lágrimas mientras un hilillo de sangre le salía por uno de los agujeros de su pequeña nariz–. Tienen apresada a mi hermana, me amenazaron con matarla sin piedad si no hacía lo que ellos querían. La obligaron a formar parte de su alianza si no quería ver cómo destruían todo cuanto… –la última frase fue interrumpida por un fuerte golpe propinado por un indignado Sir Thomas que no había podido contenerse. Sabía que detrás de esto había alguien más y que el muchacho no era más que una pequeña pieza en el puzzle, pero aún así... no pudo contenerse.

–¡Basta! –gritó Pandora atravesando con la mirada a Sir Thomas a quien hacía más comedido mientras él se disculpaba por la intromisión–. Hablad muchacho, decidme ¿quiénes son ellos?

–¡¡Los Arcanos de las Sombras!! Ellos secuestraron a mi hermana, la obligaron a formar parte de su alianza o si no la destruirían y a mí me chantajearon para que les pasara toda la información útil que viera… yo,… lo siento –estalló en lágrimas el muchacho.– ¡¡Yo no quería, pero mi hermana es lo más importante para miiií!! ¡¡Sólo tiene doce años!! No quería que le pasara nada malo… ¡Soy lo único que tiene!

–Está bien. Calmaos, decidme ¿cómo os llamáis? –intervino Pandora.

–Oswald, mi señora.

–Bien, Oswald, os entiendo. Sé cómo os sentís. Esa suele ser la forma habitual de actuar de gente sin escrúpulos. Siempre van a por los que ven más desvalidos y tienen menos experiencia. Y si además tienen una debilidad latente, no dudan el ir a por ellos... Cualquiera en vuestro lugar habría hecho lo mismo. Esta noticia cambia muchas cosas y también explica muchas otras. Dejadme pensar un instante… Así que finalmente los rumores eran ciertos… Esa alianza que hasta el momento parecía estar manteniéndose al margen de esta guerra se ha posicionado al fin en un bando y no precisamente en el nuestro. Sin embargo eso no explica lo de la carta. ¿Quién envió esa falsa orden a mi capitán de escuadrón Sir Thomas? –le preguntó al muchacho, mientras el aludido se revolvía impaciente al oír su nombre– ¿Quién es el responsable de tan vil acto?

–No lo sé, mi señora, sólo sé que en mi última visita al líder de Los Arcanos, un tal Bender les hacía entrega de la carta y luego me ordenaban introducirla en secreto en los aposentos de Sir Thomas.

–¿Bender has dicho? ¿Cómo sabéis su nombre? –inquiría Pandora.

–Se le escapó a uno de los soldados que me trasladó después –decía orgulloso el muchacho.

–Sir William, ¿no se llama así el consejero y mano derecha de Sir Henry?

–Así es.

–Bien, esta es la prueba que necesitábamos. Así que Sir Henry está detrás de todo esto... –hacía años que la sola mención de ese nombre le revolvía el estómago. Siempre lo había considerado un ser despreciable, rudo y de groseros modales, por eso cuando años atrás había solicitado su mano ante su padre el Rey Jorge ella se había negado en rotundo alegando que antes de casarse con semejante sujeto lo haría con cualquiera de sus criados. Las risas que desató tal descortesía entre la corte, incluido el propio rey provocaron la ira de Sir Henry quien desde entonces juró vengarse por tal humillación–. En ese caso, tenemos que dar con la forma de utilizar esta información en su contra...

–¡¡No, por favor,… mi hermana… no puedo ponerla en peligro!! –exclamaba de nuevo el muchacho.

–No os preocupéis, buscaremos la manera de protegerla, nadie tiene por qué enterarse de lo sucedido fuera de estas puertas. Señores. Exijo que ahora mismo todos los presentes hagamos un voto de silencio a este respecto, incluidos los guardias… Si esta información sale de estas paredes una joven doncella puede morir por nuestra culpa y tendremos que vivir con eso sobre nuestras conciencias –dicho esto, todos los presentes hicieron un juramento y firmaron, algunos con una simple equis, un documento redactado a toda prisa y seguidamente guardado bajo llave.

Luego de esto, la Reina Pandora solicitó realizar otra reunión tras del almuerzo para estudiar la manera en que se iba a tratar este asunto y ordenó que al joven Oswald lo mantuvieran bajo vigilancia mientras decidían qué hacer a continuación. De nuevo las preocupaciones tendrían que retrasar la esperada confesión a Sir William que su corazón le pedía a gritos. Llevaba días esperando a que llegara el momento oportuno, pero siempre surgían nuevos problemas. Parecía que el destino no quería que ambos tuvieran esa cita.

 

Finalmente se decidió por consenso que utilizarían al muchacho para entrar en varias de las aldeas más poderosas del enemigo: el maldito Sir Henry, quien con sus continuas maquinaciones, extorsiones, sus consabidas faltas de escrúpulos en todos los sentidos mantenían desquiciados a todos los ciudadanos sobre los que Pandora se sentía responsable. Nadie parecía estar exento de sufrir algún tipo de ataque, fuese verbal o con acciones. Para aquel sujeto parecía que todo valía. De hecho cuando llegó a sus oídos que en lugar de la esperada destrucción del ejército de su archienemiga la Reina Pandora, ésta le había arrebatado uno de los planos para la construcción de su maravilla se dijo que había mandado azotar a cada uno de los supervivientes a la masacre, pues tal era el rencor que le tenía. Había mantenido la certeza de que no lograrían hacerse con el segundo y ahora todo se había complicado... demasiados soldados habían caído en el campo de batalla para nada... y aquél ejército ¿de dónde había salido? Nadie conocía de su existencia y sin embargo era el más grande conocido... parecía increíble que una pequeña alianza como la de Sir Nicholas III tuviera semejante potencial bélico... evidentemente aquello no podía quedar así.

Mientras tanto, el plan a seguir acordado en el Consejo era sencillo, pero debía trazarse al milímetro: llevarían al pequeño Oswald por una de las salas y le harían oír una conversación supuestamente secreta entre dos mandos que discutirían en ese momento sobre la importancia de defender o no una de las aldeas más jugosas de la Reina Pandora que estaba siendo atacada en esos momentos, dejando al descubierto solo durante unos días la capital de las mismas. Sabían de buena fe, que ese momento sería aprovechado por Sir Henry para intentar destruirla, ya que era el centro de las operaciones que estaban siendo llevadas a cabo por el Consejo y lugar de residencia de la ella quien por supuesto no se encontraría allí para cuando llegara su ejército... y con ello contaban. Esa era la parte más importante del plan: hacerle ver la importancia de esas palabras. Más tarde lo soltarían diciéndole que ahora trabajaba como agente doble y que solicitase ver a Sir Henry entregándole un documento en el que se decía una información totalmente contraria a lo que había oído. Sabedores de que su instinto de protección le llevaría a contar todo lo que había ocurrido y a transmitirle que el papel que portaba era totalmente falso, el joven Oswald intentaría demostrar así su fidelidad a los Sicarios Dolomitas al tiempo que conseguía mantener a salvo a su querida hermana. A continuación y esperando que Sir Henry se ocupase personalmente del asunto sacando su mayor ejército presa de los celos y la ira, se daría orden de atacar todas y cada una de las aldeas enemigas encubriendo el verdadero objetivo: la conquista de su aldea ofensiva tras lo cual y como era costumbre, las tropas enemigas serían abandonadas a su suerte dejándolas morir de inanición antes de que lograran llegar al objetivo fijado o a cualquier pueblo o caserío que pudiera alimentarlas. Si aquél plan salía bien, al caer el jefe del mayor ejército y líder del bando enemigo, la guerra la tendrían prácticamente ganada.

 

Así que se pusieron en marcha. Movieron al chico de una estancia a otra justo en el momento en que dos de los líderes fingían estar decidiendo dejar la capital desprovista de tropas con solo una pequeña guarnición. Luego el joven hizo justo lo que se esperaba de él: acudir a Sir Henry para confesarle todo lo ocurrido. Lamentablemente con lo que no contaban fue conque el malévolo Sir Henry cometiera la peor de las tropelías conocidas hasta el momento, pues según dicen montó en cólera al saber lo que había sucedido acusándole de no poner suficiente cuidado en no ser apresado. Seguidamente mandó llamar a la joven hermana de Oswald, de nombre Rosalinda y obligó a éste a presenciar su ejecución cortándole la cabeza. El pobre muchacho casi se muere allí mismo de angustia. Luego ordenó que fuese colgada a la vista de todos en la plaza de reuniones durante treinta días y treinta noches alegando que nadie jamás podría fiarse de semejante traidor. Y por último mandó quemar y destruir todas y cada una de las aldeas de ambos y condenó al joven a trabajar como esclavo en las minas de hierro por el resto de su mísera vida.

Cuando esta historia llegó a oídos de la Reina Pandora, ésta cayó desmayada. Fue tal la conmoción que causó entre aquellos que conocieron lo acontecido que la sed de venganza se expandió por los corazones de todos como la peste renovando sus fuerzas y jurando que acabarían con el yugo de semejante salvaje devolviendo la libertad a sus ciudadanos, sobre todo al valiente Oswald. Aquello hizo mella en las conciencias de cientos de soldados que pasaron de rezar para no ser llamados a cumplir la parte más arriesgada de la misión –la de  hacer de cebo en la capital del Reino Pandora– a ofrecerse voluntarios para recibir a las indómitas tropas del ejército de Sir Henry... si es que lograban llegar. Muchas eran las esperanzas puestas en el éxito de la misión, sin embargo siempre cabía la posibilidad de que algo saliera mal y que la difícil coordinación de senadores, caciques y cabecillas junto con los ejércitos que se utilizarían a ese efecto liderados por Sir William para la esperada conquista, fueran insuficientes contra las huestes enemigas y el grupo de valientes dejara su vida en vano.

 Mientras, en medio de toda esa locura, Sir Henry ordenaba el avance de sus tropas contra la capital de Pandora, esperando condecorarse por tirarla abajo.

–¿Estáis seguro, mi general? –le decía su mano derecha Bender, capitán del batallón de Los Invencibles del que formaba parte el propio Sir Henry–. Cómo podemos saber si no es una encerrona. Y si...

–¡Silencio! –le interrumpió Sir Henry– ¿no habéis visto los últimos informes sobre esa aldea? ¿Acaso ponéis en entredicho mi capacidad para dirigir esta misión?

–No, mi señor –le respondió inseguro.

–Está prácticamente desierta, sólo un pequeño ejército de unos mil hombres se encuentra apostado allí. La única trampa que yo veo aquí es la que ellos querían ponernos al darnos una información errónea, pero lo que no saben es que nosotros no vamos a caer en ella. He enviado una misiva anunciando que íbamos a por la aldea que ellos esperan y un pequeño ejército se encamina ya hacia allí para despistar al enemigo. Admito que el muchacho tenía razón, pero reconocedme pues que jamás podríamos habernos fiado de nuevo de él. Además con la ejecución de su querida hermanita –esta palabra la dijo con un deje de burla– hemos dado una lección a todos que no olvidarán jamás. Y ahora –añadió tras una pausa– ha llegado el momento de la batalla. Cuando vea caer esos muros que tanto odio, la bella Pandora no tendrá más remedio que suplicarme que pare. Entonces yo le diré que si quiere que frene esa locura, tendrá que casarse conmigo inmediatamente. Sé cómo es esa mujer y sé que se desvive por los suyos, así que preferirá sacrificarse por todos a verlos morir uno tras otro…

Con ese pensamiento rondándole por la cabeza mientras se imaginaba cómo sería su noche de bodas, dio la orden de partida del segundo mayor ejército que sería visto en años. Hubiera preferido esperar a que el suyo fuese más grande que el de Sir Nicholas III, pero era ahora o nunca. Además quería hacerlo con sus propias manos y estar allí cuando su amada se rindiera a sus pies.

Tal y como estaba previsto en la capital a la que se dirigían no había esperándoles más que un pequeño grupo de hombres cuyas fuerzas empezaban a decaer conforme el tiempo pasaba. Sin embargo el ejército del malévolo Sir Henry nunca llegaría a su destino, pues mientras caminaban penosamente hacia una muerte segura, la aldea de la que partían era atacada y quemada hasta los cimientos y sus aldeanos se rendían entregando las llaves de la ciudad a un exultante Sir William. Por su parte Sir Henry, según cuenta la leyenda lo último que alcanzó a decir tras una semana sin recibir alimento alguno durante la larga caminata que separaba un imperio de otro fue:

–¿Por qué a mí? –mientras su cara remarcaba el estado de locura y agotamiento en el que se encontraba. Días después aparecería con harapos un hombre sucio y apestoso por las calles de una villa que alguien aseguró reconocer como el dictador Sir Henry. Al parecer, su demencia lo había llevado a un lamentable estado en el que ni siquiera se reconocía a sí mismo. Y las gentes le tiraban piedras y se burlaban de él por donde iba…

 

Meses más tarde, la maravilla del bloque que conformaba el Gran Consejo colocaba la última piedra antes que nadie ganando el respeto y admiración de cuantos habitaban el mundo conocido con todas las riquezas que esa acción prometía para su pueblo. Desaparecido Sir Henry del mundo militar, la organización de los Sicarios Dolomitas se había tambaleado hasta tal punto que las desavenencias que hubo llevó a la catástrofe a todo ese imperio haciéndoles perder muchísimo tiempo en la toma de decisiones que de haber estado él, se habrían resuelto de forma casi inmediata.

Tras la celebración por el triunfo y después de beber ríos de cerveza casera, vino de la mejor calidad destilado en las mejores bodegas y aguardiente del país, la hermosa Pandora relucía radiante bajo la luz de las antorchas y el joven William no podía dejar de mirarla, hasta que de repente ella se volvió hacia él y le sonrió haciéndole señas para que se acercara.

Un ruborizado William subía a la tarima en la que ella se encontraba presidiendo aún la mesa aún llena de opípara comida preguntándose si aquello sería un sueño.

Quizá la bebida me ha jugado una mala pasada y ahora mismo me hallo en el suelo de este salón tirado en un rincón y durmiendo la mona con una jarra aún en la mano –pensaba–. Está radiante, si esto es un sueño, no me importaría revivirlo de nuevo mañana.

Cuando llegó a su altura, se le acercó bellísima y le tomó del brazo llevándolo a la sala contigua sin decir ni una palabra. Sólo sonreía. Si fue por el efecto que el vino consumido provocó en el cuerpo de la exultante muchacha o fue la alegría inconmensurable de haber alcanzado la victoria cuando muchos la tachaban de incompetente, no lo sabía ni ella misma, pero al fin halló de alguna manera el valor y el tiempo para confesarle sus sentimientos:

–Sentaos, mi querido William –esta vez, cuando lo dijo, se sintió segura de sí misma y para nada avergonzada–. Durante estos meses de ardua batalla, apenas hemos tenido tiempo para nosotros.

El joven William notó que remarcaba la última palabra con un halo de complicidad en la mirada, lo que le envalentonó a lanzarse de cabeza al azul de esos ojos que ahora lo observaban o a sucumbir al rechazo que tanto temía.

–Sí, es cierto, yo también necesitaba hablar con vos, mi señora y espero que lo que tengo que deciros no amargue la felicidad del momento pues no puedo acallar por más tiempo lo que mi corazón reclama.

Se levantó de su asiento y arrodillándose a los pies de ella, le tomó la mano diciéndole:

–Estoy enamorado de vos desde el día en que os vi por primera vez –cuando oyó estas palabras, Pandora no supo qué decir, esperaba que el joven se sintiera halagado de que una mujer de su alcurnia se fijara en él, pero no que sus sentimientos fuesen correspondidos–. Acababan de ascenderme de rango nombrándome capitán de un indisciplinado pelotón, cuando su fallecido padre le mostraba la manera en que una dama debía montar a caballo. Recuerdo que vos protestabais porque os parecía peligroso sentaros al modo acostumbrado de las damas sin entender las distinciones entre hombre y mujer.

–Ah, sí, recuerdo ese día, pero no sabía que tuviera público –le dijo ella cómplice del momento–. Entonces sólo tenía trece años.

–Sí es cierto, yo acababa de cumplir diecinueve y era el orgullo de mi padre por ascender tan rápido, pero os aseguro que no fue mi intención husmear –se apresuró a añadir él–. Os juro que desde aquél día no hubo un momento en que no pudiera dejar de pensar en vos. A sabiendas de que un simple capitán no estaba a la altura de vuestra magnificencia, luché durante los tres años siguientes por ganarme el respeto de los míos hasta que al fin, tras condecorarme en una de las numerosas batallas contra el enemigo dolomita, me nombraron caballero otorgándoseme mil hectáreas de ricas tierras. Con esa oferta aún caliente sobre mi mano conseguí reunir el valor suficiente para solicitar audiencia con vuestro fallecido padre, mi Rey. Estaba decidido a pedir vuestra mano a pesar de que sabía que me arriesgaba a ser repudiado por ambos, sin embargo jamás llegué a hacerlo, pues le oí mencionar muy contento que acababa de concederla al que fuera vuestro esposo –su matrimonio no duró más de cinco años, pues la mala suerte quiso que tanto su padre el Rey Jorge como su esposo el Conde Will de Vico murieran en una de las batallas más sangrientas que había tenido lugar en esa dichosa guerra que se estaba alargando demasiado. Fue un golpe demasiado duro para una joven Pandora que de repente se vio en la terrible situación de manejar todo un Estado ella sola, pese a que con el tiempo demostraría a todos que era capaz de eso y de mucho más.

–Oh, Dios mío, desconocía toda esa historia –intervino ella, emocionada con el sufrimiento que había tenido que padecer ese hombre al ver cómo su amada era entregada a otro hombre, pero al tiempo feliz de que sus sentimientos fueran tan fuertes.

–Y ahora aquí me tenéis, confesándoos mis sentimientos sin saber si quiera si son correspondidos o no. En realidad no me considero a la altura de las circunstancias,... yo... lo lamento... creo que el vino me ha afectado demasiado. Os ruego que no tengáis en cuenta mis palabras. Será mejor que me vaya –se levantó y haciendo ademán de marcharse ella se lo impidió agarrándole las manos.

–No os podéis marchar así. Aún no habéis escuchado lo que tengo que deciros a vos. Yo también os amo –al oír eso Sir William estuvo a punto de pellizcarse, pues tanta felicidad no podía ser real–. Creo que desde hace mucho, solo que no me daba cuenta ni tenía tiempo para enamorarme. Mi esposo era un gran hombre, pero jamás le amé. Ahora lo sé. Me gustaba su compañía y respetaba mis excentricidades. Solía llamarme mi pequeña caballera. ¡¡Ja, ja!! Es curioso, jamás le había contado esto a nadie. Ciertamente pensaba que el amor era eso, respeto y comprensión, pero desde que fallecieran mi padre y él en aquella violenta batalla a manos del odioso Sir Henry sin darme cuenta me fui acercando a vos cada vez más hasta depender casi en exceso Aquél día en que decidimos sacar el ejército de vuestro primo Nicholas III me di cuenta de que mis sentimientos iban más allá. Comprendí que os amaba y que no era nada sin vos.

Por un momento pareció que Sir William había enmudecido, no encontrando las palabras adecuadas para corresponderla.

–Yo tampoco soy nada sin vos, os amo –logró balbucear el fin y dicho esto, sus labios se fundieron un cálido beso.

Dos semanas más tarde se casaban en la Catedral Mayor y Sir William era coronado Rey del Imperio Pandora. Desde entonces dedicaron sus vidas a enriquecer a su pueblo y a luchar por prolongar una paz que duró todos y cada uno de los días en que vivieron.

 

Fin.

 

Ana M. Cañizar

 


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