La cama vacía

     Dormitorio austero de muebles antiguos. Armario de dos puertas, minúscula mesita de noche y una cama vacía. Fue todo lo que quedó en casa. “El cuarto de la abuela”, le decíamos. ¡La de veces que tenía que entrar en él a coger mis juguetes de la alacena!, que no era otra cosa que una parte de la habitación con baldas... Un gesto que cada día hacía con ilusión y que se convirtió en algo triste.

     Sin su presencia por la casa, entrar en él se había tornado de repente en un corazón encogido y un nudo en la garganta. Para referirnos a aquella habitación de pronto decíamos: “–Está en el cuarto de la… alacena”. Fue algo espontáneo. Todos evitábamos pronunciar el final de aquella frase que se había convertido en habitual, porque nos entraba la tristeza. Ver su cama vacía y su armario lleno, contrastaba dolorosamente. Su peluca gris y sus batitas, seguían guardadas donde siempre. Tardamos tiempo en sacar sus cosas y donarlas. ¡Aún se podía sentir su presencia! Resultaba raro levantarse por la mañana y no oírla dormir en la habitación contigua o no verla esperarte en el balcón cuando estaba preocupada. Al final su cama también se fue, quedando sólo su recuerdo, que nunca se irá, quedará para siempre en mi memoria.

 

 

Ana M. Cañizar, 25 de octubre de 2010


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